Id, no es cambiar de sitio
“¡Id significa un cambio de
ubicación! Loren Cunningham
Fue
para hace algunos años que conocí sobre la misiones y el impacto de ellas.
Viajé a Bucaramanga para pasar mis vacaciones en un campamento de
supervivencia, y durante 6 días conviví con personas de diferentes países y
culturas. Sin reloj, solo el sol y la luna nos mostraban la hora. Tres
pantalones y tres camisas, dos pares de medias y tan solo un par de zapatos. Un
machete, una linterna y un litro de agua cada 12 horas, el cual era usado en lo
que tú decidieras: Baño o hidratación. Esas eran mis pertenencias.
La
cena era un reto y el dormir también. Había 40 campistas distribuidos en 8
grupos de 5. A cada grupo se le otorgaba un recipiente plástico que contenía
ciertos alimentos no perecederos como granola, leche en polvo, maní, galletas,
enlatados, entro otros que debían alcanzar para los 6 días. Ese era nuestro
menú. Uno del equipo administraba la comida y cuidaba de ella. A diferencia de
la comida, el dormir era una aventura aún mayor. Con plásticos y piedras
hicimos un cambuche, dormíamos en nuestro sleeping y con nuestras maletas, con
la misma ropa del día y sin posibilidad de salir a hacer nuestras necesidades
fisiológicas a mitad de la noche, a menos que quisieras cavar un hoyo,
hacerlas, y luego volver a taparlo. Letrinas, se llaman. Había varias por ahí
en cualquier lugar. Era mejor no salir de noche.
Los
días eran sin planeación. Nosotros los campistas no sabíamos mucho, mejor
dicho, nada en absoluto de lo que sucedería a continuación, solo vivíamos e
intentábamos resolver las situaciones que se presentaban en aquellas
condiciones extremas. Los guías sí. Planearon cada detalle para que las
situaciones que vivíamos fueran de impactante lección. Identidad, visión,
fortaleza, tolerancia a la frustración y perseverancia fueron algunas de las enseñanzas
que día a día se formaban y afianzaban por la experiencia. La teoría y la
práctica se leen muy bien en cada discurso metodológico, pero el proceso para
que éstas logren una sinergia, es de constante cuestionamiento.
En
una de las tantas situaciones caminábamos por el Cañón de Chicamocha sin
conocer el destino de llegada y si íbamos a llegar a descansar o, llegaríamos
para seguir caminando. Mi rodilla se vio lastimada, ahí entendí la importancia
del ejercicio como hábito. Con una venda que la mantenía firme y sin flexionar,
un bastón de rama de árbol recogida en el monte y mi compañero como mi soporte,
fue mi caminar en medio de altas y rocosas montañas. Mi condición retrasaba la
llegada. La incertidumbre de nuestro rumbo y la frustración de ser la carga
para el equipo hacían el dolor cada vez más insoportable.
-
No
debí venir, me hubiese quedado en casa viendo televisión. (lloré y grité).
Un
guía que iba al frente me escuchó, volteó y mirándome a los ojos con su mano
extendida para ayudarme a subir una roca, me dijo:
-
La
vida es así.
-
Pues
no sé cómo haya sido tu vida, pero la mía no es así. Le dije.
Él
sonrió, pero con autoridad. La autoridad que solo da la pasión por enseñar, y
me dijo:
-
Entonces
piensa, qué es lo que te está queriendo enseñar Dios con esta experiencia.
Como
un rebobinar, como un resetear, fue esa frase para mí. Todo, absolutamente todo,
pasó por mi mente en cuestión de segundos: mi infancia, mis padres, mis
actitudes, mis relaciones, mis comportamientos, mis fracasos, todo. Preguntas
como ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? y ¿para qué? se respondían en cada vivencia que
venía a mi mente. Fue el haber comprendido en tan solo un clic que el mayor
obstáculo para el éxito de tu propósito, es la queja, la indecisión, todo
aquello contrario a la perseverancia.
Guardé
silencio y seguí caminando, pensaba en ello en cada paso y ya ni la rodilla me
dolía. Estaba en shock total.
Llegamos
a la cima. No lo podía creer. ¡Por fin! Miré hacia atrás y al ver la inmensidad
del gran cañón, escuchando a mis compañeros especular en donde habíamos
comenzado, pero todo se veía diminuto que a la verdad no supe cuál fue el punto
de partida, solo sabía que había sido largo, muy largo el trayecto; sonreí y
dije: Gracias. Había tenido la lección de mi vida. Todo cobró sentido, todo
tuvo un para qué.
A
pesar de lo loco que puede sonar lo siguiente, confieso que ha sido, hasta
ahora, la mejor experiencia de mi vida. Las palabras se quedan cortas para
expresar lo que experimenté en aquel sitio. La escasez permite que veas la
majestuosidad de la realidad. Dejar la comodidad de mi casa, mi cama, mis
deleites alimenticios de comida chatarra, el recostar mi cabeza en una
almohada, el hecho de obtener agua fría cada vez que mi cuerpo lo pedía, una
ducha, un lavado de dientes y otras cosas más, por ir a experimentar la vida en
escasez es cambiar de ubicación.
Viniste
al mundo desnudo y eso es suficiente. Suficiente para descubrir tu propósito,
aferrarte a él, apropiarte y construir tu identidad en pos de. Pues si algún
día te quitan todo y solo te dejan tres pantalones, tres camisas y dos pares de
medias, o sencillamente, te dejan sin nada, te quedará la única cosa que no
podrán quitarte nunca: la razón de existir. Esa no muere ni siquiera el día de
tu partida, esa trasciende fronteras y tiempos. Esa hace historia.
Id
no es cambiar de sitio, ciudad o país, es cambiar tu comodidad por el bienestar
de otros. Ser misionero es simplemente cumplir tu misión en la tierra, la que
sea; ser luz para que tú y los demás puedan ver la belleza que hay fuera de la
zona de confort.
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